Vita brevis: Carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín

ARS LONGA, VITA BREVIS (Hipócrates)

La vida del hombre es breve, el arte es para siempre.

La novela Vita brevis de Jostein Gaarder muestra a la luz el supuesto Codex Floriae, la carta que la concubina de Agustín de Hipona escribió tras la lectura de las Confesiones, narración autobiográfica en la que éste nos cuenta el camino de su conversión del paganismo a la fe cristiana. Flora Emilia le reprocha las referencias a su amor como algo pecaminoso, su elección por la continencia y por una vida alejada de la sensualidad y hace una gran exhortación al carpe diem, al disfrute de la vida en cada uno de sus instantes y con todos los sentidos dispuestos a ello. Extraigo unos emotivos fragmentos, en los que además, Floria, vaticina el lugar para la mujer en este nuevo mundo cristiano que para sus ojos está aún por venir. (Para leer la novela on-line pulsa aquí.)

“Imagina un frondoso paisaje en donde haya personas y animales, flores, niños, vino y miel. Un paisaje donde también exista un terrible laberinto. Imagínate, santo obispo, tú, antiguo compañero de juegos en el lecho, imagínate ahora perdido en ese profundo laberinto donde no encuentras hilo de Ariadna que pueda guiarte fuera de los oscuros caminos y te permita volver al paraíso en que habitabas anteriormente. En el fondo de ese laberinto reinan teólogos y platónicos y, cada vez que un hombre nuevo entra en su territorio, su número aumenta: pues a todo el que va llegando se le convence de que todo cuanto está fuera es obra del diablo. Te toca ahora a ti ser persuadido, y pronto dejas de querer salir de allí. Es porque tú también te has adherido a esa legión de teólogos, te has convertido en uno de esos antropófagos que viven en las profundidades del oscuro laberinto. Quizá debería llamarlos pescadores de hombres. No olvidas a la mujer que amaste, pero alabas a Dios por haberte separado ya de ella, porque ella ya no te puede tentar. Sólo en tu memoria permanecen aún vivas «las imágenes de aquellas cosas que la costumbre dejó impresas en ella» .

Que Dios te perdone. Tal vez esté sentado en algún lugar viendo cómo desprecias sus obras. En tus confesiones escribes repetidas veces que en tu vida anterior estabas donde no está Dios. Pero tal vez sea ahora cuando estás perdido de verdad. También Edipo pensaba que iba por el camino correcto cuando marchó de Delfos a Tebas. Ese fue su trágico error. Todo le hubiese resultado mejor si hubiera vuelto a Corinto, con sus padres adoptivos. A ti te habría sido mucho mejor el regresar a Cartago. Aquí intuimos todavía el amor de Dios en las flores, en los árboles y en Venus.

Quiero mencionarte unas palabras de Horacio: «Piensa que cada día que amanece es tu último día». No es seguro que éste vaya a ser tu último día, pero puede ocurrir que así sea. De igual modo puede pensarse que no existe otra vida después de ésta para nuestras almas. Puede ser, viejo rétor, y quiero que vuelvas a meditar sobre esa posibilidad. Imagina que el obispo de Hipona Regia se haya equivocado.

La vida es breve, demasiado breve. Y tal vez sólo vivimos aquí y ahora. Si fuera así, espero que no hayas estado dando la espalda a esos días, que al fin y al cabo tienen luz, para adentrarte en un oscuro y siniestro laberinto del pensamiento del que yo no puedo rescatarte.

No vivimos eternamente, Aurelio. Eso significa que debemos aprovechar los días que nos son entregados.

……

Pienso que has de estar agotado después de todo cuanto te ha sucedido, completamente agotado; no intentas ocultarlo. Ojalá me regalaras a mí, quiero decir al mundo de los sentidos, algunas horas de tu vida sobre la tierra. ¡Sal afuera, Aurelio; sal afuera y túmbate bajo una higuera. Abre tus sentidos, aunque sólo sea por una última vez! Hazlo por mí y por todo lo que nos dimos el uno al otro. Respira hondo, escucha el canto de los pájaros, mira el firmamento e inhala todos los olores. Todo eso es el mundo, Aurelio, está aquí y ahora. Aquí, ahora. Has estado en el laberinto de los teólogos y los platónicos. Pero ya no, has vuelto a casa, al mundo, al hogar de los seres humanos.

¡El mundo es tan grande, y sabemos tan poco de él…! También la vida es demasiado breve. ¿No recuerdas que decías cosas parecidas cuando aún leías a Cicerón?

Tal vez no exista ningún Dios que negocie con nuestras pobres almas. Tal vez exista un Dios cariñoso que nos ha creado el mundo para que vivamos en él. Ay, Aurelio, si estuvieras tumbado ahí fuera bajo la higuera, con uno de sus frutos en la mano, yo acudiría a besar tu frente cansada. Aplastaría esa horrible y forzada palabra «continencia», pues es verdad que aún pesa como un yugo sobre tu mente. Quizá lo único capaz de salvarte sea un abrazo mío. Por qué habrá tanta distancia entre Cartago e Hipona Regia.

…..Tengo miedo, Aurelio. Tengo miedo de qué puedan llegar a hacer algún día los hombres de la Iglesia a mujeres como yo. No sólo por ser mujeres sino porque, creadas por Dios como tales, os tentamos a vosotros, tal y como Dios os ha creado, como hombres. Piensas que Dios ama más a los eunucos o castrados que a los hombres que aman a una mujer. Ten cuidado, pues, con alabar la creación de Dios, porque Él no ha creado al hombre para que se castre.

…..Siento escalofríos porque temo que lleguen tiempos en los que las mujeres sean asesinadas por hombres de la Iglesia de Roma. Pero ¿por qué se las habría de matar, honorable obispo? Porque os recuerdan que habéis renegado de vuestra propia alma y atributos, pensáis. ¿Y en favor de quién? En favor de un Dios, decís, en favor de Él que ha creado el firmamento que os cubre y la tierra sobre la que viven las mujeres que os dan a luz.

Si Dios existe, que Él os perdone. Tal vez un día seréis juzgados por todos esos placeres a los que habéis dado la espalda. Negáis el amor entre hombre y mujer. Eso tal vez pueda perdonarse. Pero no olvides que lo hacéis en nombre de Dios.

La vida es breve y sabemos demasiado poco. Pero si fuiste tú quien se ocupó de que me llegaran tus confesiones para que las leyera aquí en Cartago, la respuesta es no: no recibiré el bautismo, honorable obispo. No temo a Dios. Tengo lasensación de que ya vivo con Él. ¿Acaso no fue Él quien me creó? Tampoco es el Nazareno quien me detiene, tal vez Él fue realmente un hombre de Dios. Además, ¿no fue Él justo con las mujeres? Son los teólogos los que me inspiran temor. Que el Dios del Nazareno os perdone por toda la ternura y amor que rechazáis.

Yo he hablado y he redimido mi alma. ¡Y ahora, honorable obispo, a beber! Estoy sentada bajo nuestra vieja higuera en Cartago. Florece  por tercera vez este año, pero no da frutos . Queda en paz.”

 *    *    *    *    *    *

  • Biografía de San Agustín:

“Es un hecho atroz: dos de las más famosas parejas de amantes medievales no fueron amantes, no se tocaron un dedo, nunca hicieron el amor. Pero el tercer caso, el de los amantes más desgraciados de todos los tiempos, es una historia de amor-horror tan intenso, que pocas veces puedo recordarla sin espanto. “

  • Cartas de Abelardo y Eloísa. En una fantástica web dedicada a famosas epístolas de la historia, merece la pena darse una vuelta ahora que hemos dejado de recibirlas y nos vemos desbordados de mails y sms.

Termino este largo post con una canción: Ama y ensancha el alma de Extremoduro.

2 Respuestas a “Vita brevis: Carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín

  1. Pingback: Vita brevis: Carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín « Filoeleutheria

  2. Interesante ese parrafo sobre la carta que le hizo Floria Emilia al obispo San Agustin.

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